Rigoberto Gil Montoya, aunque de padre sastre, es un hombre que difícilmente se puede ver vestido de traje, en él viene una sencillez desde la forma hasta el contenido. Siempre de yines y camisa.


Es docente de la Universidad  Tecnológica de Pereira hace más de 18 años, egresado del programa de Español y Comunicación Audiovisual, y con una especialización en Literatura Hispanoamericana ( Universidad de Caldas), una maestría en Comunicación Educativa (UTP) y un Doctorado en Letras Latinoamericanas (Universidad Nacional Autónoma de México). Pero ante todo es un investigador de tiempo completo, un apasionado por la palabra, y sobre todo, por la lectura, un acto que, según él, “se aprende con los años y  se mantiene con la pasión de un niño”.

Es oriundo de La Celia, Risaralda, de donde salió a los 4 años, y debido a  la filiación política de sus padres (liberales) estuvieron buscando en diversos municipios del departamento un lugar donde asentarse definitivamente, hasta que por fin, su padre decide traerlos hasta Pereira. De esta ciudad, antes de conocerla, recuerda que venían las historietas y cómics que su padre le traía, esos mismos con los que empezaría a cultivar el ejercicio disciplinado por la lectura y el conocimiento del lenguaje.

De niño y adolescente vivió en el barrio San Judas, experiencia que sumada a su procedencia de un territorio golpeado por la violencia y la guerra política, fueron materia prima para que surgiera en él esa vena por el relato, hablar sobre aquello que se ponía ante sus ojos de manera natural, como una imagen latente y consonántica que coincidió con la pulsión de decir desde su sensibilidad.

 

 

Rigo o Rigoroso como lo llaman muchos de sus amigos y estudiantes, tiene un recorrido de más de 15 libros entre ensayos, novelas y relatos. Muchos de ellos son historias que fraguó de esa misma experiencia de pequeño, de vivir de cerca la violencia. Otros tantos son relatos que giran alrededor de la ciudad como epicentro social y político, y algunos más sobre arte, y por supuesto, reflexiones literarias, de autores y movimientos. A esto último, y de manera inesperada, debe hoy uno de los logros más altos en su carrera como escritor y crítico: el premio de periodismo Simón Bolívar con la reseña crítica Ricardo Pliglia Cenizas de Plata Quemada, publicada en la Revista El Malpensante. Lo particular, al preguntarle a Rigoberto sobre esta fijación por el escritor argentino, es que su primer acercamiento al autor no fue el más positivo:


“Piglia es un autor difícil, implica muchas cosas, y  en ese primer acercamiento entendí que aún me hacían falta muchas herramientas para poder dimensionar su escritura. Yo aún estaba muy joven en ese tiempo, fue un verdadero reto”. Actualmente  con esa publicación  representa quizá un puente entre quienes no conocían a Piglia, o aún presentaban recelo ante su escritura, y aquellos que ya lo pueden conocer  y antojarse de su narrativa.


Hacer memoria de todo lo que ha vivido en la universidad abarcaría, más del 70% de su vida. Desde su adolescencia hasta la actualidad, sus días han pasado en el campus, como estudiante, compañero, docente y amigo. “La universidad hace parte de mi hogar, tanto así que en los años que llevo como profesor  siempre he vivido cerca de ella, como si pensara que cierro la puerta de mi casa, atravieso cuatro calles y llegó a la universidad. Eso ya es o enfermizo o asintomático”. Se considera un hombre feliz  porque hace lo que le apasiona, enseñar sobre lo que le gusta y acompañar a muchos jóvenes a su encuentro con la literatura.