Cuando mira hacia su pasado, Ana María ve que todos sus recuerdos de infancia están vinculados con momentos musicales, desde niña estuvo atraída por la música: “Siempre estaba con una guitarra o con un micrófono cantando”. Al crecer hizo parte de varias agrupaciones de música tradicional colombiana, lo que fue empuje para dedicar su vida a ese entorno artístico. Al graduarse del colegio comunicó a su familia la decisión de dedicarse a la música, tomó sus propios riesgos, y emprendió hacía su propio paisaje sonoro. Al llegar a las aulas de la Facultad de Humanidades, Ana María se inclinó por el violín y el canto lírico; estar allí no fue nada fácil, a pesar de que en parte empezaba a construir sus sueños, también debía trabajar fuertemente para poder financiar su carrera.

Lo logró, Ana María culminó su proceso en la Universidad Tecnológica de Pereira y fue invitada por ésta a dar clases, en eso lleva alrededor de 7 años. Aunque allí no se detuvo su proceso académico, Ana María hizo una especialización en Teoría de la música y cuenta con dos Maestrías, una en Música y otra en Administración del Desarrollo Humano.

La llegada a Batuta no fue como Licenciada, Ana también es un claro ejemplo de los beneficios de ser niño y crecer con música a un lado. Su niñez y parte de la adolescencia estuvo inmersa en los procesos educativos que Batuta brinda a miles de niños en el país.  Estar allí le brindó una mirada más amplia hacía las condiciones sociales que los seres humanos tienen, de allí surgió su deseo hace algunos años por contribuir a la causa, y desde su campo de acción, brindar una mejora social para quienes crecían en contextos difíciles. Fue entonces que en 2016 se vinculó como directora musical en el Programa de Batuta, hoy, el sistema más grande de formación que tiene el país.

Ana ingresó en 2015 como docente, en ese momento las cosas no iban tan bien en Batuta, porque a pesar de ser un programa con una razón social tan humilde y necesaria para nuestra sociedad, en ocasiones, no ha tenido el apoyo suficiente para continuar su labor. Fue así como Ana se puso la camiseta por Batuta y empezó a generar proyectos ambiciosos que fueran más llamativos para los posibles donadores y financieros que podrían apoyar la iniciativa. Proyectos que se adecuaran a la necesidades de dichos empresarios y que a su vez, brindaran un apoyo para estos niños.

De primera infancia hasta la adolescencia se atienden niños para que vean en la música un camino para la exploración interior, el reconocimiento de la identidad, y la exploración de otros caminos más sensibles. Innovar para las cosas invisibles: le apuestan a ser el puente que teja un nuevo futuro para niños que crecen en condiciones de violencia, desplazamiento, drogadicción y/o escases económica, como en el Barrio Las Brisas, donde mínimo en la semana los niños reciben 5 horas de clase de música.

A pesar de ser una egresada, Ana aún se siente parte del campus, no  solo porque sea profe del mismo, sino que para ella la universidad representa la génesis, la base de todo lo que es, y de alguna forma, en sí misma La Universidad la posiciona como el lugar más importante de la ciudad

 

 

 


“Este lugar es un espacio donde los sueños se entretejen para generar un tejido social más humano y creativo”.


Su trabajo no es fácil, confiesa, trabajar con comunidades vulnerables es un gran proceso, pero qué mejor que desde un lenguaje universal para hacer asequible el conocimiento, que muchas veces para personas de estos contextos es considerado como algo imposible o que no merecen. Ana, junto con Batuta, trabaja a diario por derrumbar esa barrera social, y en reemplazo, crear un vínculo, un acercamiento de esas periferias con la zona centro, que ellos también hagan parte del paisaje cultural desde la apreciación y la creación de un mejor lugar para todos.