Viene de una tradición de médicos, así que la vocación por el servicio y la medicina la trae en la sangre, literalmente.

Héctor García Palacio es un hombre con una sencillez como la de pocos en su campo, es humilde y jocoso. De su familia, efectivamente heredó la vena académica y la vocación por ayudar. Su padre, docente en la Facultad de Mecánica. Y él un egresado de la Facultad de Ciencias de la Salud en el programa de Medicina. Graduado en 2006, y después de vivir su año rural de servicio en el municipio Marsella, Risaralda, decide enfocarse en la cirugía plástica y reconstructiva.

Recuerda que a su regreso donde más permaneció fue en el Hospital San Jorge, y de allí, en el año 2009, continuó su camino hacia Buenos Aires, Argentina, para estudiar una especialización en Cirugía Plástica y Reconstructiva en un periodo de 4 años.

 

Más allá de la piel

 


“La cirugía plástica es un campo muy bonito, porque son personas que cuando llegan al cirujano plástico ya han sido muy maltratadas, tanto  física como psicológicamente, y han pasado por una etapa muy fuerte en su vida. El cirujano llega a reconstruir su vida y a darle una nueva mirada sobre sí mismo” afirma Héctor.


Reconstrucción posterior a una quemadura. Reconstrucción por vivir un proceso de cáncer en alguna parte de su cuerpo. Reconstrucción por trauma severo – reconstrucción de miembros: cara, senos, labios-. Esas son las cirugías estéticas que mueven la pasión por su oficio.

Hablar con él sobre cirugía plástica es enfrentarse a una dimensión de este campo que es poco visible y reconocida en el mundo. Su oficio es todo un ejercicio titánico donde con sus manos no solo hará una intervención física al paciente, sino que en ese acto se implican emociones y la vida misma del paciente. No es solo la relación estética superficial que se le ha atribuido a este campo, Héctor reconstruye también la vida emocional de su paciente dándole nuevamente seguridad y una nueva esperanza de estar bien, para poder verse con otra cara, hecho que en muchas ocasiones, las EPS y seguros no comprenden y minimizan como algo meramente superficial, desconociendo que ese paciente no solo necesita esa cirugía reconstructiva en la mejoría de su apariencia física sino que también en la parte funcional. Su trabajo más que eso, es un estilo de vida.

Uno de los procesos en los que más le gusta participar es la cirugía plástica pediátrica: labio leporino, paladar hendido y cirugías para intentar reponer problemas congénitos. Y también dentro de sus gustos está atender los pacientes  que han tenido problemas oncológicos, pacientes con cáncer, puesto que, comenta, han sido pacientes que deben pasar por procesos traumáticos y al llegar al cirujano, se encuentra en un estado de desmejora altísimo, en ese sentido, Héctor intenta mejorar su calidad de vida, no del paciente, sino de la persona, de ese ser humano que vive, sufre y merece algo mejor.

De la imagen de un cirujano que hace “lipos” y “pone senos” a la de un cirujano que reconstruye el cuerpo que ha sido maltratado por una cirugía estética mal hecha. O el cirujano que reconstruye un rostro, un labio. Lo estético bajo la visión que Héctor trabaja, toma otras dimensiones que aluden a lo humano y a una búsqueda de la calidad de vida. Parte de esa visión humanitaria, confiesa que la heredó de las pasantías que brinda el programa de medicina en la UTP.


“La universidad te permite untarte de todo un poco, de aprender más y de ver toda la parte social del paciente que quizá en otras universidades no lograrías reconocer”.